Entonces sacó una aguja de su costurero y la pinchó.
René, que es muy tonta con eso del amor y los recuerdos, guardó su morada hecha un bollo en el morral y se la llevó. Ella estaba durmiendo contra la corteza de un árbol cuando alguien tiró de su almohada, que venía a ser el bolsito, y René abrió los ojos.
Ahí estaba él. La oscuridad de la noche no la dejaba ver mucho pero ella sabía que sólo podía ser una persona la que la buscara en ese lugar. Sólo podía ser ese que tanto la conocía.
Le agarró una mano mientras la otra refregaba los ojos de René.
La llevó a una casa chica y repleta de colores, comida y calor. Se amaron un rato hasta que uno de los dos se quedó dormido.
René miraba al techo, satisfecha aunque un poco triste. Abajo del techo no hay estrellas.
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