Es de noche en la playa y allá, a unos metros nomás, se termina el mundo.
Yo empecé siendo una petisa petacona pero con el paso de los días fui alzándome cada vez más hasta llegar a tocar el cielo con la nariz. Con cada metro yo me hacía más alta pero la carne y la piel se estiraban y sabe dios lo que dolía.
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